De paseo por Flores
Sin mucho madrugar me desperté en el suelo de la habitación de los bomberos mirando el techo blanco y con los pensamientos a mil...
No sabía lo que hoy me podía deparar el destino, pero sí sabía que no sería nada malo y con esa sensación bajé el tubo de los bomberos dando los buenos días y despidiéndome de ellos hasta otro tiempo, ya que nunca se sabe...
Con la bici volviendo por los pasos del día anterior, con mucho sol y el lago bien azulado, desayuné en un comedor recomendado por un trabajador que se encontraba en un muelle y, con el revuelto de huevos típico Chapin como primera comida del día, ya me decidí a sacar fotos de todos los rincones posibles de ese lago llamado Petén Itza y del que me pasaría todo el día en muchos de los rincones que en él se podían visitar.
Empezando por la isla de Flores, situada en medio del lago y no demasiado grande, era considerado el lugar más importante de esa área por la belleza y singular forma redonda. Era perfecta para vivir, con sus coloridas casas y su buena gente. En la isla estuve paseando y fotografiando todo el círculo hasta que se me ocurrió entrar en un bar a conectarme al wifi.
Desde ahí pude contactar con Víctor, un amigo de Carlos, que ya me habían dicho que cuando llegara a Flores lo avisara. Dicho y hecho, y con el trecho, Víctor, que se encontraba en Guate y no en Flores, movilizó a la pequeña isla para que me atendiera con un lujo inimaginable.
Primero me hizo ir hasta el restaurante bar Al Comal. Un restaurante en el que Guillermo, su dueño, me quería invitar a carne asada además de ver el partido del Barcelona.
Una carne deliciosa y una victoria sufrida del Barcelona con cachondeo, Chapin incluido, ya que el bar de Guillermo era de la peña madridista y con la victoria del Barça las risas burlonas se hacían demasiado angustiosas y a la vez simpáticas para él.
Realmente fue genial y después de ese momento tan entrañable y amigable, no podía presagiar una tarde mejor y lo fue...
Dejando la bici en el Comal con Guillermo, crucé en barca de la isla a la orilla opuesta del lago, con la idea de llegar a San Miguel, aunque no sin regatear con los capitanes de las embarcaciones que por 3 quetzales no me querían dejar el pasaje como nacional.
Una vez en San Miguel, habiendo conseguido mi propósito de pagar los 2 quetzales habituales, me adentré a la selva con monos aulladores de sonido de fondo. El objetivo era llegar hasta un punto llamado el mirador, desde donde las vistas, decían, ser maravillosas.
Un largo paseo en el interior de la selva, sin indicaciones nada claras, más bien tirando a confusas, me sirvió para llegar al fin al mirador, en lo más alto del monte y encima de un árbol, que servía de mirador, confirmaban lo que me habían dicho: unas espectaculares vistas que me dejaban con la boca abierta y con la cámara calentándose en exceso por la cantidad de imágenes captadas desde ahí.
Eso no era todo, ya que una improvisada caminata por caminos desconocidos me acabó llevando hasta una playa espectacular. En ella había un largo muelle de madera que daba al agua, muy fotogénico, y que me sirvió para fotografiar un millón de veces ese momento, además de saltar hasta ese lago con tantas leyendas e historia maya entre sus cristalinas aguas.
El atardecer acabó de redondear el momento y mis fotografías, que ya de por sí eran bonitas, se volvieron espectaculares.
Ya con la noche cayendo volví hasta la isla de Flores, donde me esperaba de nuevo Guillermo con un nuevo amigo que me venía a acompañar hasta el lugar que Víctor había elegido para dormir esa noche. Un hostal de Frida, una amiga, en el que me acomodaron en un dormitorio a solas.
Para terminar con buen sabor de boca, me cociné una pasta con tomate, domesticando a mi chef interior. Un recuerdo me vino a la memoria: la mañana en los bomberos en la que sentí que el día me iría bien, aunque fallé por poco, ya que al final me fue genial!!!