De reposo en Antigua
Cuando el trueno resuena en el horizonte, el sol recuerda que está solo en el cielo y busca las nubes para esconderse y reposar.
Cuando el gusano de la bilis se cierne sobre la manzana, esta empieza a pudrirse achicando su caparazón en rotundo dolor.
Cuando la oscura enfermedad asoma su cabeza, es cuando recuerdo la mano cariñosa de alguien querido y mi caparazón se arruga en la absoluta melancolía.
En un día oscuro en la habitación compartida del hostal, con tanta gente, he pasado el tiempo pasando mi calvario particular sin ánimos de levantarme y prepararme una simple infusión de manzanilla o un vaso de agua con limón. Sin poder detener la deshidratación producida por mi mal de estómago, que retiraba todo lo que necesitaba para sentirme mejor, he dejado atrás mi sentimiento de fuerza e inmortalidad de la carretera a la absoluta vulnerabilidad del ser humano en la cama.
Una mañana sin demasiada luz ha dejado paso a una tarde bañada por un arroz blanco con intenciones reparadoras y un paseo por Antigua, una ciudad bonita que el frío que dentro de mí atesoraba ha contagiado a la población, siendo este un simple desfogue del infierno a una era antigua llena de adoquines como asfalto y ruinas en sus calles.
Siendo este paseo mi verdadera cura, he seguido danzando cada vez con más energía por la plaza Central hasta el cerro de la Cruz, lugar en el que la ciudad se posaba a mis pies y, aunque las nubes seguían cubriendo el paisaje, también tapaban el volcán que llevaba en mi estómago y el volcán de agua que suele posar, como una barrera cónica, en las nubes de la que fue ciudad, capital siglos atrás.
Ya con mejores sensaciones y con el sol en busca de más ánimo y compañía al otro lado del hemisferio. Las luces de las calles empezaron a cubrir mis caminos y, entre fotografía y fotografía, con la terapia de la imagen, fui sintiéndome mejor hasta recuperar la sonrisa en un día de reposo en Antigua.