Reserva natural de Paracas
De nuevo y, después del día tan especial de ayer, estaba en la carretera y, esta vez, para llegar y pasear por la reserva natural de Paracas. Una reserva de aves y pingüinos que es de lo más importante en Sudamérica. Al igual que en Huacachina, yo ya había estado.
Para llegar debía despedirme del oasis y recorrer 75 kilómetros hasta la entrada del parque. Lo malo fue que el viento, caprichoso, me frenaba constantemente. En una recta tan llana buscaba ponerme dificultades, nada previstas y bastante odiosa, con lo que mi idea inicial de dar un paseo por la reserva natural y salir a la ciudad Pisco a 10 kilómetros de Paracas al final acabó siendo una acampada justo al lado de una de las playas de esta reserva junto a las aves de todo tipo que aquí viven.
En la reserva me dejaron entrar pagando como peruano ya que no llevaba más que 4 soles encima y el señor de la entrada me dio un tiquet peruano y me dejó pasar sin mayores problemas. El retraso tampoco venía nada mal y realmente no me podía quejar en absoluto ya que el lugar era auténticamente paradisíaco. El contraste del desierto amarillo con el mar turquesa y la infinidad de aves que se dan cita en este parque era una gozada para todos los sentidos, tanto, que, desafiando a las frías aguas del Pacífico, decidí fusionarme con el paisaje y me metí dándome un corto pero intenso chapuzón.
El parque es bien bonito. El desierto está en total armonía con la naturaleza, los diferentes barrancos que se forman con la erosión del mar, junto a los colores rojizos y amarillos de la tierra, los azules y verdes del agua, hacen que sea un paisaje distinto que, aunque ya lo había visto años atrás, no me dejaba de sorprender sintiéndome en Marte o algún otro planeta alejado de la tierra.
Después de eso preparé una fogata y me puse a cocinar unos espaguetis, ¡qué cosa más rara!, aunque en el menú podía haber incluido huevos de diferentes clases mis ideales ecologistas lo evitaron preparando esos fideos, como aquí los llaman, con ketchup.
Con el aire en alza me metí en la tienda y me puse a escribir estas crónicas esperando dejar en ellas esta sensación de paz que proporciona el sonido de las olas del mar chocando en las rocas del parque natural junto a las numerosas aves que se arremolinan en este centro de naturaleza y vida. Puede que otro día, que no estuviera tan cansado, el ruido no me hubiera dejado dormir pero hoy no hubo ruido que no me dejara descansar con lo que: bonito es si bonito puedo dormir.