Crónica del viaje · Perú

Las Islas

DÍA 653
Un viaje en barco por el lago Titicaca, visita a las islas Urus y Amantaní, donde se comparte cultura, comida y una fiesta con los locales, culminando en una noche bajo las estrellas.
15 kmDistancia
2 h 46 minPedaleando
Sol y buen tiempoEl tiempo

Las Islas

Un viaje en barco por el lago Titicaca, visita a las islas Urus y Amantaní, donde se comparte cultura, comida y una fiesta con los locales, culminando en una noche bajo las estrellas.

Nos levantamos temprano para coger un barco y recorrer una parte del lago Titicaca. A las 8:20 salía el barco y nos desplazamos lentamente sobre las aguas tranquilas del lago, paseando y disfrutando del lindo recorrido.

Llegamos hasta una de las islas flotantes: Urus, en las que nos contaron la historia de éstas y la manera que tenían de crearlas. Con quile, un material que nace en el fondo del lago (una especie de tierra compacta). La forma de estos es cúbica y clavando estacas de eucalipto (el único material del que no disponen y que, para conseguirlo, hacen trueque con otras islas). Entrelazando cuerdas naturales (actualmente de hilo de nylon más resistente), consiguen juntar, ayudando a que las raíces crezcan, entre los cubos de quile y de manera natural para que estos queden unidos para después añadir capas, en direcciones opuestas, de ramas de cañas de totora.

Luego montaban las casas y las cocinas de leña. Importante destacar que las cocinas las colocaban sobre piezas de quile.

La gente ya no vive en estas islas y se han quedado más en lo turístico. Lo entiendo perfectamente, ya que una vida húmeda y encima de esas islas y en estos momentos no tiene mucho sentido. Antes se protegían de los incas y luego de los españoles; pero en la actualidad no tienen que esconderse de nada y, como dicen, la pesca se ha visto reducida de manera sustancial.

Después de un rato con los niños y viendo sus artesanías que, como es normal, querían vender para subsistir, volvimos a navegar por ese lago inmenso llamado Titicaca hacia la isla Amantaní.

El lago azul y transparente se iba abriendo paso ante nosotros y la isla en forma de pirámide. Allí llegamos para quedarnos durante una noche.

Una vez en el puerto, subimos una pequeña subida y nos presentaron a Celia, la chica de la familia donde íbamos a pasar esa noche.

Subimos por el escarpado camino hasta el centro de la isla, donde encontramos una cancha de fútbol.

Enseguida llegamos a la casa. Celia era una chica de 17 años. Al principio algo tímida, pero educada y con una mirada limpia. Nos daba toda su atención, todas las respuestas que pedíamos e incluso de ella misma surgían explicaciones de su cultura.

La casa era humilde pero confortable y limpia. Enseguida Celia nos sirvió la comida. Para ellos, el almuerzo. Una sopa de papas y zanahorias ralladas que sabía a sencillez y cariño. El segundo era una muestra de que la sencillez no está reñida con la exquisitez: 4 tipos de patatas hervidas, de distintas formas y colores, acompañadas con queso fresco a la plancha, hicieron de la sencillez un manjar. La bebida era mate de miña, sano para el estómago y la cabeza y alegre al paladar.

Ayudamos a fregar los platos y, después de esperar una hora y tras conocer a Olga y Lourdes, la madre y la hermana de Celia, nos dispusimos a empezar el empinado camino para visitar los dos templos de la isla: Pachamama y Pachatata, madre tierra y padre tierra respectivamente, son para ellos aquello a lo que adorar.

Celia nos acompañó hasta Pachamama y nos explicó que para poder hacer por cumplir un deseo hay que coger una piedra del suelo y dar tres vueltas en el sentido contrario de las agujas del reloj al templo, después colocar la piedra entre las ranuras que formaban la estructura del templo.

Aproveché para conocer el templo Pachatata. En éste no hice ningún ritual, pero pude observar la puesta del sol. Como en muchas partes del mundo, verla aquí fue un privilegio. El encanto fue ver al gran astro reflejado en las aguas del inmenso lago en el que estaba, justo cuando este desapareció entre las nubes y las montañas. El agua parecía haberse cristalizado. Daba la sensación de que el tiempo se hubiese parado y sólo el movimiento de algunas hierbas con el aire parecía tener vida. Creo que todas las puestas de sol son especiales, pero la mezcla de colores, toda la variedad de contrastes, de tonos que nacen de este fenómeno, me parecen muy interesantes y cautivadores.

Descendimos del templo, la parte más alta de la montaña, cuando ya anochecía y el frío volvía a recordarnos dónde estábamos. La propuesta de nuestros anfitriones era la de volver al campo de fútbol y degustar su chocolate caliente, preparado con cacao, canela, clavo, azúcar al gusto y acompañado de unos buñuelos que recuerdan a los famosos churros de nuestro país.

Poco después volvimos a casa y la cena fue servida al instante. Nos acompañó, en esta, el padre de familia que resultó ser el conductor de nuestra lancha. Esta vez comimos sopa similar a la del almuerzo y arroz con verduras (inicialmente nos hubiesen dado carne, pero una compañera, Cris, mencionó que es vegetariana e hicieron por improvisar un nuevo menú. El mate era el mismo que a mediodía.

Después de la cena nos invitaron a una fiesta. Las chicas vestidas con sus trajes típicos: una falda de gruesa lana, una camisa blanca con bordados coloridos en el pecho, un fajín y algo parecido a un mantón. A nosotros nos pusieron un poncho y un gorro (chullo para ellos).

Acompañados por Celia, llegamos a la fiesta. Una sala austera con bancos del mismo material que las paredes y un escenario donde jóvenes músicos de la isla tocaron la guitarra, el tambor y sus típicas flautas. Nos divirtió mucho cuando Celia nos cogió de las manos, igual que sus vecinas lo hacían con sus huéspedes, para bailar juntos su danza típica, moviendo los brazos en rotación, subida y bajada y dando vueltas en círculo. Acabamos todos los que allí estábamos formando un gran círculo con gente de todas las edades y nacionalidades, bailando y riendo.

Después sólo quedó ir a dormir en un colchón duro y cómodo, arropados por capas de mantas y escuchando el silencio. Solo faltaba una pequeña ventana en el techo para seguir contemplando las estrellas que, de tantas y tan nítidas, parecía poder robárselas al propio cielo.