Las dunas de Huacachina
Mañana nublada, me recordaba a la gris y espesa telaraña de oscuridad que se cierne en Barcelona en el mes de septiembre. Tenía claro que no iba a llover, pero con ese color todo empieza algo más triste que de costumbre y encima no tenía desayuno ni agua, ni parecía que hubiera nada próximo en ese desierto de arena.
Los días de desayuno completo a base de sándwich de palta y huevo frito junto a una taza de maca ya se quedaron en Cusco y era momento de volver, obligatoriamente, al ayuno y al deseo de encontrar con suerte algún paradero baratito para meterme algo en el estómago.
Desmonté el chiringuito playero que tenía instalado en este inmenso desierto y me puse a pedalear, cruzando los dedos para encontrar algún grifo o tienda lo antes posible.
Recorrí 25 kilómetros antes de que me encontrara con la primera tienda en medio de esta nada. Unos camioneros brasileños estaban comprando unas medicinas naturales que ahí vendían, así que intenté hablar con la chica para que me sacara algo de pan para poder comer, pero tenía la atención completamente volcada en ellos.
Estuvieron media hora charlando y negociando hasta que finalmente la mujer me escuchó y me sacó el pan que le pedía. De el agua se encargó de regalarme unas botellitas uno de los camioneros, prometiéndome que esa agua era brasileña y era mejor que la peruana, casi milagrosa. Debía estar totalmente sano, porque ya había bebido un montón de agua brasileña. Después del gesto tan amable no podía más que mencionarle mi aventura y de donde venía, con lo que empezamos a hablar portugués mientras me tomaba ese desayuno seco pero nutritivo y necesario.
Al terminar, me despedí y ellos se quedaron esperando a un amigo que echaba gasolina en otro de los puestos a 8 kilómetros de ahí. Seguí feliz de encontrar gente tan amable y abierta en mi camino y el cielo, al igual que mi ánimo, se fue abriendo poco a poco hasta que el sol lució radiante y caluroso.
Continué y continué hasta que llegó la hora de comer. El cuentakilómetros marcaba 50, para ser exactos, cuando vi un restaurante con toda la pinta de bueno y barato. Tal y como predije, era bien bueno, pero no tan barato como pensé ya que valía unos 10 soles, algo más de lo normal en carretera, pero sabiendo que no había nada más próximo hasta llegar a Ica, preferí tomármelo con filosofía y disfrutar de ese manjar.
Recorrí los últimos kilómetros hasta llegar a la ciudad de Ica y de ahí me desvíe para llegar a Huacachina. Un oasis en el cual ya había estado anteriormente, hace 14 años, y en el que quería rememorar cosas como el sandboard (snowboard pero en las dunas) y ver el atardecer desde lo alto de una de esas montañas de arena que se hacían llamar dunas.
El pueblecito alrededor del lago seguía más o menos igual que lo recordaba, pero algo más turístico y arreglado de lo que lo dejé. También se notaba como los turistas llegaban como locos en busca de aventuras en bugui, cosa que antes no había, para recorrer el desierto en ese transporte 4x4.
A mí eso no me interesaba, con lo que quería pasar una noche e irme corriendo a Pisco y así poder coger otro autobús hacia Lima, esperando ganar ese tiempo perdido para estar el día 5 en la boda de Xavier, como creo ya dije, un amigo que se casaba en Quito y me invitó tiempo atrás.
Mi idea era buscar un lugar barato donde dormir y eso encontré regateando y explicando mi historia a todo el que se me cruzaba en mi camino. Un buen precio en el hostal Salvatierra y una tabla de sandboard por 6 euros, no estaba nada mal el trato, con lo que la negociación estaba cerrada.
La habitación no era nada del otro mundo, pero estaba limpia y eso era lo importante. Así que, con la bici metida en la habitación y todo lo demás en orden, cogí la tabla y me puse a subir apresuradamente las dunas.
Unos cuantos metros más arriba, en lo alto, vi de nuevo esa espectacular estampa del desierto tan increíble que ya me dejó con la boca abierta años atrás. Fotos y más fotos y algún video fallido de mi bajada en sandboard en el que la tabla, a base de madera con agarraderas de velcro para los pies, eran de fácil apertura y se desmontaban cada dos por tres para caerme de la manera más tonta en cada una de las bajadas.
Con el fastidioso problema del velcro decidí dejar de sandboardear y fotografiar todo el espectáculo que la caída del sol traía para todos los que habían subido hasta allí. Algo espectacular que ni en mi memoria podía recordar y ni las fotos podían captar, con lo que disfruté profundamente de ese preciso momento.
Finalizada la magia de colores y puesta de sol, bajé de nuevo con la tabla abriéndose una y otra vez con el problema del velcro hasta que llegué de nuevo al oasis, donde me esperaba una cena después de la ducha fresquita y un poco de relax, leyendo noticias en internet junto a la piscina del hostal.
En definitiva, fue un buen día para volver al desierto que tanto me gustó en tiempos atrás y en que creé un antes y un después en modo de fotografías...