Crónica del viaje · Perú

El segundo día de islas

DÍA 654
En Taquile, tras un viaje en lancha, disfrutamos de danzas autóctonas, la cultura local y una deliciosa comida. La isla se caracteriza por su paz y la vida tradicional de sus habitantes.
Sol y buen tiempoEl tiempo

El segundo día de islas

En Taquile, tras un viaje en lancha, disfrutamos de danzas autóctonas, la cultura local y una deliciosa comida. La isla se caracteriza por su paz y la vida tradicional de sus habitantes.

Después de que a las 5:30h el sol anunciara un nuevo día acompañado de un espectáculo de colores, a las 7:00h, Celia nos avisó para tomar el desayuno. Un pan, aunque acabaron siendo dos, y mate de la misma hierba que el día anterior. A toda prisa, Olga nos dijo que debíamos empezar el descenso, junto a ella, hacia el puerto. Ya nos esperaba la lancha para cambiar de isla y, después de una cálida despedida, zarpamos con ganas.

El trayecto, corto y tranquilo, mecidos por las pequeñas olas, nos acabó de regalar vistas similares a las marinas hasta llegar a Taquile.

Bajamos de la embarcación y, tras pagar los 8 soles (2,40 €) como tasa para entrar a la misma, empezó de nuevo un ascenso costoso hasta llegar a la plaza central, llena de puestos de artesanía y gente tocando tambores a modo de fiesta.

Por el camino, Celso nos ofreció su hogar como residencia para esta noche por 15 soles, 40 si nuestro deseo era la pensión completa. Aceptamos la cama y, al poco, nos presentó a su mujer, Juanita, la cual nos acompañó hasta su casa. Limpia, ordenada y espaciosa, con un patio cuadrado en el que se podía ver el valle y un poco de lago.

Mientras ella preparaba nuestra habitación, nosotros comimos lo que llevábamos, ni más ni menos que pan con tomate y jamón de Salamanca. ¡Menuda ilusión! A ella también le ofrecimos y probó... aunque intuimos que, para ella, no es el manjar que es para nosotros, ya que, nada más tomar el primer mordisco, se metió en su cocina y al poco rato salió sin nada.

Después de la delicatessen, algo de fruta y un descanso merecido, decidí visitar las ruinas incas, o sea, el templo de Taquile, situado en lo más alto de la isla, donde dejé, como años atrás, mi marca de unas piedras amontonadas en forma de deseo. Después bajé a la plaza donde mi primo me esperaba para ver las danzas autóctonas junto a los textiles que ellos mismos cosían y trataban de vender. Unas danzas con mucha influencia inca en las que los hombres daban vueltas con largos bastones y las mujeres con banderas blancas. Parecía hipnótico por la repetición de sus movimientos al ritmo de la música aguda de flautas y tambores.

Otra de las curiosidades que tiene esta isla, al igual que Amantani, es que no tienen ni un solo perro. Los únicos animales que rondan son: las vacas, las orejas, los ratones y los gatos para cazar a los últimos.

Después de ver los bailes tradicionales un rato, tomamos un mate de coca y nos reunimos con Crís para atravesar de lado a lado la isla, hasta la playa que había en la punta oeste.

Un paseo plácido y hermoso, sin muchas subidas, con el que disfrutamos aún más del increíble lago Titicaca. Y para poner un broche de oro a esta pequeña introducción al lago, me metí uno de mis inolvidables baños fríos y reparadores que aportan estas gélidas aguas, situadas a casi 4000 metros de altitud. Crís, por su parte, también metió los pies y llenamos de fotos las cámaras, captando el momento tan lleno de magia.

Ya con el atardecer a la vuelta de la esquina, volvimos cruzando de nuevo toda la isla hasta la plaza, donde comimos corazón de alpaca con papas asadas, en un puesto callejero por tan solo 40 céntimos de euro por cabeza. Una delicia que acompañó un menú baratito con sopita y el más clásico arroz con pollo.

Finalizamos con la noche nuestras energías y nos fuimos a dormir, no sin antes aprender más cosas sobre esta isla, la gente y su cultura o forma de vida, al hablar con la familia. Celso nos explicó que en la isla no había nunca disputas, peleas ni problemas con la violencia. Los pocos casos donde el no entendimiento de dos personas iba más allá, eran casos de cuando dos hermanos, habiendo bebido, discutían por algún metro de tierra que su padre había dividido. En estos casos, el juez de la isla resolvía la disputa según su criterio.

Fue curioso enterarnos de que los profesores venían desde Puno, de lunes a viernes, y que regresaban a su ciudad. Es por ello que el colegio es en castellano, pues los profesores no hablan quechua, aunque después de ver el boleto (notas) de algunos niños deducimos que una de sus asignaturas era su lengua materna. Todos los habitantes hablan quechua entre ellos. Celso dijo riendo que si un día se dirigiese en castellano a algún paisano suyo, éste creería que se había vuelto loco. Hablar castellano a alguien que no sea turista les produce una especie de vergüenza.

No se nos pasó por alto preguntar si su medio de transporte siempre eran sus piernas. Nos contestó que sí, no utilizaban animales porque la isla no tenía suficiente pasto como para poderlos alimentar. Los únicos animales que tenían eran vacas, muy pocas, utilizadas para la obtención de leche, únicamente. Estas pertenecían a familias que solían tener pocos hijos, ya que en esas circunstancias no tenían que dividir las tierras y los animales podían vivir bien, ovejas, ratones, algún gato para limpiar la isla de ratones, gallinas y algún cerdo.

Debido al tiempo, su trabajo cambia cada seis meses. De junio a diciembre su dedicación es tejer (las mujeres suelen hacerlo en telares y los hombres con cinco agujas). Estos últimos suelen tejer los gorros. Y el resto del año lo pasan cosechando papas, habas, quinoa, maíz y trigo.

Todo esto no seguiría existiendo si, hace algunos años, los isleños no se hubiesen negado a vender la isla para su explotación turística, creando hoteles y demás. Por supuesto, ellos también se han negado a admitir como habitante a cualquier persona que no sea nativa. Los isleños no se quieren ir a ningún otro sitio, ni cambiar su manera de vivir, a pesar de la influencia de gente de fuera.