Islas Malayas
Me desperté con un calor sofocante y la humedad típica del trópico. Quería aprovechar el día para visitar el jardín secreto y luego rodar hasta Kuala Perlis, desde donde cogería un barco hasta la isla de Langkawi.
La primera parte de la mañana, como ya he comentado, estuvo dedicada al jardín secreto. Un jardín, dentro de una montaña, al que se accede a través de una cueva muy larga y llena de estalactitas y murciélagos y en la que pasamos por encima de un río.
El espacio es alucinante: lleno de flores y plantas tropicales de todas las formas y colores posibles, por medio pasa el río con cascadas pequeñas en las que la gente se divertía.
Luego están las minas, en las que sacaban plata hace más de 100 años y en la que pasas a oscuras con la linterna viendo el techo lleno de murciélagos.
Visitar este parque no era algo imprescindible; pero sí que ha sido una sorpresa maravillosa para empezar a conocer las bellezas de Malasia.
Después he empezado a rodar pasando por Kangar, la capital de la región de Perlis. En el camino he visto alguna tortuga atropellada, un mono, una serpiente y un lagarto enorme con un pájaro en la boca. Ese ha sido un momento especial.
A mi llegada a Kuala Perlis, busqué la terminal de ferry y saqué los billetes hacia, la recomendada, gran isla de Langkawi. Unos 33 Ringgits (6 euros) por una hora y cuarto de viaje a toda pastilla.
Antes de eso probé la comida de Malasia por primera vez... Nada especial: un arroz con pollo que podía ser tranquilamente camboyano.
En el viaje coloqué mi bici en la zona de equipaje y, una hora y media después, ya estaba en Langkawi.
Preciosa isla con un montón de cosas por hacer. Primero era buscar un alojamiento y, por Internet, encontré un lugar llamado Butterfly Guest House. Era de los más económicos, aunque estaba a 22 kilómetros del lugar donde me encontraba.
Aunque estaba a punto de anochecer me puse a recorrer esa distancia con ánimo y sin prisa de ningún tipo. Pero el tiempo cambió de repente y empezó a llover. Ese fue el punto y aparte de la tranquilidad y empecé a espabilar.
Aunque tenía una dirección me costó llegar hasta el hostal y, al final, preguntando y adentrándome en la oscuridad de la selva, conseguí llegar hasta el hostel.
En él me encontré una familia de padres con cuatro hijos, muy bien avenida y con una guest house algo desierta, aunque realmente peculiar: con las camas en el suelo en una habitación grande y mosquiteras colgadas en el techo. Esa sí que era una experiencia realmente malaya.
Para ducharme usé una palangana en medio de la jungla tapada por cuatro paredes de bambú.
Luego, para cenar, me llevaron hasta un restaurante barato, justo al principio del camino que subía a la guest house y a dormir que el día siguiente me esperaba un día largo visitando la isla.