Llegada a Georgetown, isla de Penang
Muchas horas dormidas y compañía de buena mañana. Los ojos que me miraban, nada más recoger la tienda, eran los de la familia que tenía la casa a pocos metros de mi zona de acampada.
Sonrientes e interesados me hacían preguntas variadas en inglés-malayo que, por culpa de mi estado de somnolencia, no llegaba a interpretar.
Una vez recogí el material de acampada y montada la bici, me sacaron unas fotografías para inmortalizar mi presencia en el lugar como si fuera un ídolo para ellos.
Empecé mi marcha, aunque, pocos metros más adelante, paré para desayunar algo parecido a la fideuá.
Rodando por la nacional no había nada realmente interesante y 60 kilómetros después llegué al puerto desde donde salían los ferrys que transportaban los vehículos. Mi bicicleta y yo pagamos 1,40 ringgits (30 céntimos de euro), una miseria.
Unos 15 minutos más tarde ya estaba en la isla de Penang y, más concretamente, en Georgetown. Una ciudad con pasado inglés y con multitud de diferentes culturas como la hindú, o la china e incluso la americana, con sus fábricas de tecnología conviven, junto a los malayos, sin ningún problema.
Georgetown fue fundada en 1786 por el capitán Francis Light. Un comerciante de la Compañía Británica, como base de la compañía en los estados malayos. Obtuvo la isla del sultán de Kedah y construyó el fuerte Cornwallis en la esquina noroeste de la isla. El fuerte se convirtió en el punto de referencia del creciente comercio.
La ciudad fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008, junto a Malaca, debido a ser los dos enclaves portuarios más históricos del estrecho de Malaca.
Poco después de pisar Penang busqué un hostel por la calle Love Lane que tenía referencias de hostels baratos. En efecto... pocos minutos después de buscar encontré uno, por 16 ringgits, con desayuno y WiFi incluidos.
En el mismo hostel, casualmente, encontré de nuevo a los dos ciclistas franceses con los que coincidí en la salida de Camboya, en Bangkok.
Estuvimos hablando un poco poniéndonos al día de nuestras respectivas aventuras y después salí a ver un poco la ciudad.
Como ya he dicho antes, en esta ciudad conviven varias culturas y en algunas calles se respira cada una de ellas. Little India, tal y como anuncia el nombre de la calle, se concentra la mayor parte de la comunidad hindú con comida típica de su país, como las samosas.
En el barrio chino se puede catar el estilo de vida, decoración y gastronomía del país.
Estuve paseando hasta que empezó la tormenta que me pilló de pleno, ya que la muy traidora no avisó.
Llegué al hostel pasadas las 9, mojado hasta las trancas y con ganas de ducha caliente que no podía tener por culpa del hostel barato. Con lo que me tuve que conformar con agua fría.
Después tuve una interesante conversación con unos chicos polacos que viajaban a dedo, con mi hermana, Marc y Jeroni, un chico catalán que trabaja en China y estaba renovando el visado en Malasia. Con él quedamos para hacer una excursión el día siguiente.