Las cuatro estaciones
En el día de ayer pasé por todas las condiciones climáticas posibles: de la lluvia de un día de primavera, el sol de un día de verano, el viento de un día de otoño y la nieve de invierno. Aparte recorrí 200 kilómetros y no todo fue gracias a la bicicleta.
El día amaneció con nubes pero sin lluvias, con lo que me sentía feliz de emprender el viaje, tal y como decían las previsiones; pero eso no duró mucho y, después de unos kilómetros, empezó a llover tímidamente. Pasé por Sivas, una gran ciudad con alguna cosa destacable; pero decidí seguir adelante sin entretenerme mucho. Pasado Sivas, empezó a llover de lo lindo y ahí es donde apareció una pickup, con un conductor muy amable, que me ofreció llevarme 40 kilómetros hasta su pueblo. Con lo que llovía y después de tantos días bajo la lluvia decidí aceptar el ofrecimiento y dejarme llevar. Con su coche pasamos por un puerto en el que incluso nevaba.
Llegados a su pueblo, me invitaron a una taza de té, él y sus compañeros. En ese tiempo, el sol hacía acto de presencia, resplandecía inundando todo el valle, por lo que decidí volver a la carretera y afrontar las últimas horas de sol antes de parar en algún pueblo.
A partir de ese momento, empezó a soplar un fuerte viento que me ayudaba a subir el puerto que había a continuación. Pero eso no fue todo. A medida que iba subiendo, la nieve hacía acto de presencia en las montañas que había en los alrededores. En un momento dejó de soplar el viento y empezó a nevar. Cuando estaba en lo más alto del puerto y con una nevada del carajo, sucedió una de esas desgracias que uno espera que nunca sucedan: la rueda trasera pinchó... la segunda vez en todo lo que llevo de vuelta al mundo y en el peor de los momentos.
Rápidamente me puse a arreglar la rueda. Me quité los guantes, saqué las herramientas y con el frío me puse a desmontar la rueda. Al rato ya no podía sentir la mano y mi ritmo era lento y patoso. A la mitad del trabajo y ya con la noche encima, un camión se paró para ver si podía ayudarme y... vaya si lo hizo. De nuevo y por segunda vez durante el mismo día, un desconocido cogió mi bici y me llevó con él hasta un hotel de Refahiye, a 60 kilómetros de donde me había recogido.
El conductor Selçuk era un hombre de 43 años muy amable. Me estuvo contando que en esa zona había muchos lobos y no debía ir por la noche con la bici, aparte del mal tiempo que hacía. Me informó que era uno de los peores que él recordaba.
Selçuk me invitó a cenar y me pagó el hotel. Suerte tengo de encontrar gente tan amable y con tan buena voluntad. También me estuvo recomendando rutas antes de despedirse de mí e irse a dormir.