Crónica del viaje · Turquía

Entrada triunfal en Turquia

DÍA 101
Un viaje en bicicleta desde Grecia a Turquía, lleno de amabilidad y hospitalidad. Encuentros inesperados y la belleza del paisaje marcan esta experiencia inolvidable.
105 kmDistancia
6 h 45 minPedaleando
NubesEl tiempo

Entrada triunfal en Turquia

Un viaje en bicicleta desde Grecia a Turquía, lleno de amabilidad y hospitalidad. Encuentros inesperados y la belleza del paisaje marcan esta experiencia inolvidable.

Por la mañana el sol no brillaba como de costumbre. La habitación en la que he dormido me pareció sombría y con los trastos a mi alrededor; pero no me quejaba. Estaba contento con el trato recibido y, sobre todo, mejor dormir bajo techo que en la tienda.

Después de recoger el material y cambiarme de ropa, Dimtri me dio los buenos días y me ofreció un tetrabrick de leche y pastas de hojaldre de queso feta y salchichas para el viaje. Todo un detalle que no podía rechazar. Después de eso me llevó hasta la salida del pueblo donde nos despedimos hasta un próximo reencuentro en Barcelona o en algún lugar del mundo donde poder pagar el buen trato y la hospitalidad recibida.

A falta de 16 kilómetros hasta la frontera, empecé el trayecto, contento y satisfecho por todo lo que me estaba ocurriendo en el viaje. Las sensaciones, antes de entrar a Turquía, eran inmejorables.

Ya en la primera frontera, para salir de Grecia, me encontré con el hermano de Dimtri, que trabajaba en la aduana. Me saludó y me preguntó qué tal estaba. Al mismo tiempo llamé a Dimitri para agradecerle todo lo que había hecho por mí.

La segunda frontera, la entrada a Turquía, fue más difícil. Primero me pidieron el pasaporte, después me pidieron pasar por una oficina para que me hicieran el visado por 90 días, por 15 euros; seguidamente tenía que pasar por 3 barreras más, en las que me pedían constantemente el pasaporte, mirándome la cara y, para finalizar el tour, un nuevo señor que miraba lentamente el equipaje. Ese era el principio de mi estancia en Turquía.

Las sensaciones eran las mismas que en Grecia, salvo que se levantó un poco de aire. El primer recorrido era plano, seco y algo desolador. Las primeras mezquitas se levantaban esplendorosas hacia el cielo, roto por las nubes y los claros.

Pasados unos kilómetros, los montes se hicieron más presentes y las montañas rusas se hicieron constantes. Subidas y bajadas constantes. Todo ello con unos paisajes verdes y con bellos contrastes de marrones. Por el camino me comí las pastas que me había dado Dimitri y, sobre las 5, cuando la noche se iba apoderando del paisaje, pregunté en un restaurante si podía dormir en algún lugar cerca. La respuesta fue que a cinco kilómetros había casas donde dormir. Respuesta clara por lo que sucedió al llegar al destino marcado por el señor, aunque yo me quedé algo confundido...

Al llegar a Inecik pregunté en el primer bar si conocían algún sitio para dormir y el propietario, sin entender una palabra de inglés, comprendió lo que decía y una corriente se empezó a mover en la villa. En el pueblo, todo el mundo empezó a saludarme y, de repente, un señor me dijo que le acompañara. Yo le seguí hasta un apartamento donde me dijo que entrara la bici y que me pusiera cómodo. Me quedé atónito por la amabilidad del señor y a partir de ahí una serie de acontecimientos empezaron a surgir. El sobrino del propietario del bar, que sabía inglés, me tutearon durante todo el tiempo, llevándome con él y sus amigos a cenar. Luego a otros bares a tomar té y a enseñarme la importante mezquita del pueblo de hace 1500 años.

Para finalizar, me acompañó hasta la habitación casi todo el pueblo y, por fin, me dejaron descansar.

Así es como se entra en un país, con el pie derecho y con la sensación de vivir un gran sueño y rodeado de buenas personas.