Llegada a Uyuni
Me desperté a las seis de la mañana junto a los tres bolivianos aprovechando que, por las mañanas, soplaba menos viento.
En la casa de los ancianos nos dieron de desayunar una sopa caliente de arroz y ya separamos los caminos para iniciar la que sería una dura jornada.
Hacía buen sol y de la tormenta de arena ya no quedaba nada, así que disfruté mucho de la bicicleta, aunque debía subir alguna montaña, de vez en cuando, sin grandes pendientes.
Continué haciendo bicicleta sin parar ya que el día anterior había perdido mucho tiempo y quería llegar a Uyuni para el día de hoy. Tuve suerte y las bajadas fueron las que me ayudaron a conseguir el reto y, aunque el viento por la tarde empezó a soplar con fuerza, ya había recorrido gran parte de la etapa.
Después del pueblo de Ticatica, donde aproveché para comer algo y comprar galletas para más adelante, empezó un poco la pampa donde debía avanzar con la bici a una velocidad normal, aunque no fue así por culpa del viento que empezó a levantarse a lo loco.
De nuevo debía luchar contra ese elemento al que yo no le caía demasiado bien y me echaba hacia atrás. Yo no me rendía y pasé kilómetros y kilómetros sufriendo hasta que por fin y, después de la que debía ser la última subida, llegué a Uyuni.
Por suerte y por casualidad allí encontré a una familia que iba en pickup y me llevó hasta un hostel bien barato, pero hecho polvo, tan hecho polvo que la señora me dijo que no podría meter la bici. Continué buscando y encontré otro, también a buen precio y mucho mejor de vista, con agua caliente e internet con lo que estaba de lujo. Vali se llamaba y era de los pocos que bajaban de los 10 $.
Para terminar el día salí a cenar y a dar una vuelta aunque el frío, bajo cero, era realmente insoportable y volví pronto para meterme a la cama y dormir plácidamente como pocas veces...