Protestas y ayudas
Se me abrían los ojos despacito escuchando a la abuela de Diego con el orinal. Poco a poco me incorporé y empecé a recoger el autohinchable del suelo, junto a las numerosas mantas que me habían dado para no pasar frío.
El gato de la abuela volvió a la habitación y empezó a cazar los ratones con los que había dormido.
Fuera hacía frío y, después de recoger las cosas, la familia me ofreció un desayuno de arroz con leche y pan. Con eso y un bizcocho empecé a rodar para no retrasarme, aunque aún me quedaban 65 kilómetros para llegar a Potosí y el día prometía mucha subida.
Por el camino me crucé con un ciclista boliviano con el que entablé amistad, un par de cicloturistas ingleses y mucha gente que andaba con un montón de bultos al lado de la carretera. Al principio no entendí el motivo, pero yo ya tenía suficiente con mi subida muy inclinada y con el viento fuerte de cara.
Pasé por el pueblo de Betanzos donde me avisaron de que más adelante y hasta Potosí no podría encontrar comida y, aunque ya sólo llevaba 20 kilómetros, debía comer y comprar unas galletas para poder finalizar la ruta sin problemas. En el mismo Betanzos me avisaron que a 20 kilómetros de Potosí estaban los piquetes de protestas y tenían montado un bloqueo en la carretera que ningún coche podía pasar, aunque las bicis no tendrían problemas.
Continué la marcha. La subida se iba haciendo cada vez más dura, más larga y sin bajadas de por medio. Cada vez había más gente en la carretera y muchos coches estaban parados entre piedras que habían colocado los piquetes.
A pocos metros del bloqueo, un taxista desesperado me preguntó si tenía una mancha para hinchar dos ruedas que los piquetes le habían desinflado. Aunque no lo veía claro, le eché una mano para que pudiera llegar hasta una estación de servicio. Después de media hora pudimos hincharlas lo suficiente para que pudiera continuar.
Con la faena realizada continué pasando a los piquetes entre sonrisas y bromas de que me pincharían las ruedas. La verdad es que tenían un tinglado montado ahí que era difícil creer que alguien pudiera pasar.
De nuevo subida y por el camino un montón de gente que venía de Sucre y quería llegar a Potosí, pero no había transporte, con lo que tenían que andar o esperar a la noche cuando los piquetes levantaran barreras y les pudieran llevar. En una de esas, una madre con su hija y una amiga cargada de patatas, iban subiendo desesperadas y cansadas la larga subida de 20 kilómetros hasta Potosí. Viendo que yo estaba cansado, preferí andar con ellas y les ofrecí aligerar la carga en mi bici y llevar de paso a la niña. Aceptaron y empezamos a subir despacito y andando...
En una de esas, un taxi perdido, dejó a una señora y las que me acompañaban le pidieron subir. Accedió, con lo que me despedí de ellas y empecé a pedalear con la lengua fuera. Pero 5 kilómetros después me las volví a encontrar sentadas en la cuneta y pidiéndome un poco más de ayuda. El taxista las había “botado” por miedo a represalias de los piquetes y se había largado tan pancho.
Ya me veis de nuevo con una niña encima de la bici junto a una bolsa de más de 10 kilos de patatas avanzando despacio en la carretera boliviana y con un sol y un viento de miedo...
Por suerte, a los 6 kilómetros más adelante, otro taxi se paró para ayudarles, eso sí, cobrando 10 pesos por persona y ganándose el jornal de manera ilícita en contra de la huelga general.
De nuevo me encontraba solo y ya con el tiempo justo de llegar al atardecer a Potosí, con lo que me puse a subir con energía y ganas de llegar.
Kilómetros de carretera llena de coches sin ruedas, cristales sobre el asfalto, piedras e, incluso, cuernos de toro que hacían del viaje algo más difícil; pero, por otro lado, entretenido. También gente y más gente andando y algún que otro momento de susto cuando los piquetes veían un coche y lo rodeaban deshinchándole las ruedas.
Ya con la luz del atardecer encima llegué a las puertas de Potosí. Se veía la ciudad abajo iluminada con miles de luces y el cerro bonito (o rico) al fondo de la ciudad; pero aún faltaba lo más difícil: entrar a la ciudad y encontrar un lugar donde dormir.
De bajada me crucé con miles de neumáticos ardiendo en medio de la carretera y también algún que otro petardo que me asustaban medianamente, aunque el momento de más tensión fue en una barriada en la que unos chicos estaban jugando al fútbol cerrando la carretera. En la casi oscuridad se creyeron que lo que conducía era una moto y se abalanzaron sobre mí con ganas de deshincharme las ruedas. Al ver de cerca que era una bici ya se calmaron y me empezaron a preguntar. Con todo aclarado y con las bocas abiertas de la explicación de mi aventura ya me dejaron continuar.
Bajé, entre mierda que se acumulaba en las calles, hasta el centro y una vez allí empecé a preguntar. Entré recomendado al hostal Oruro que valía 25 pesos; pero el señor era un maleducado y al ver que era extranjero no quiso acomodarme en ninguna habitación. Subiendo y bajando calles, por fin, encontré el hospedaje Compañía de Jesús. Allí me dieron una habitación pequeñita pero acogedora y a muy buen precio con Internet, agua caliente y desayuno incluido.
Después de una muy merecida y feliz ducha caliente salí a buscar algún lugar donde comer algo, pero estaba todo cerrado por la huelga. Era difícil encontrar algo y, además, la noche ya había llegado y los termómetros bajaron en picado hasta helar cualquier cosa que no se moviera.
Después de mucho buscar y preguntar llegué a un comedor público en el que servían solo sopa y milanesas con arroz por un precio irresistible de 7 pesos, o sea, un dólar, con lo que me pedí un par de platos y quedé listo y contento para, por fin, acostarme a descansar con un buen sabor de boca y a casi 4000 metros de altura.