La tormenta de arena
Hoy pensaba que iba a ser un día plácido de bicicleta ya que el sol lucía con todo su esplendor por la mañana. Desayuné en el hostal pan y mermelada que me dieron para coger energías y de ahí empecé a salir de la ciudad de Potosí, tal y como entré, sin coches y con el parón indefinido que hacía que las calles estuvieran bloqueadas para el tráfico.
En una de las bajadas que me tenían que llevar hasta la carretera 5 con dirección a Uyuni, tuve mi primer percance ya que la rueda delantera entró en un bache y al salir me resbalé en una placa de hielo, cayéndome sin más problemas que un golpe en el glúteo y en la rodilla, pero realmente no fue un gran problema, aunque decía mucho del día difícil que se me presentaba.
Después seguí pasando bloqueos y más bloqueos, entre subidas y bajadas, cada cual más difícil ya que el viento, poco a poco, se iba levantando.
Vi mis primeras llamas salvajes atravesando la carretera como si pasearan, ya que estaba totalmente vacía. También los perros vagabundos, que descansaban en la cuneta, me veían tranquilamente sufrir entre esas subidas de las montañas majestuosas bolivianas a las que ya empezaba a odiar.
A partir del mediodía empezó el viento a soplar con fuerza en contra y las subidas aún se complicaron más. Ya no podía subir a la bici porque el viento me lanzaba contra todas partes menos hacia delante.
Mucho sufrimiento y, como siempre, las bajadas aún me frustraban más ya que tenía que pedalear como si de una subida se tratase. Para colmo en el pueblo de Porco las tiendas estaban cerradas apoyando el parón de Potosí, con lo que me costaba encontrar una tienda abierta para comer algo y recuperar toda esa energía que había perdido en las subidas. Cuando todo parecía difícil aún se complicó más, y es que detrás de tanto viento se acercaba una tormenta de arena, que me cogió en medio de la pampa boliviana.
La arena me entraba por todas partes con lo que tuve que taparme bien, pañuelo en la boca, gafas de sol y gorro con el casco y aún así tenía los ojos llenos de arena y apenas veía a tres metros de mí.
Ya no hablo de avanzar con la bici ya que me frenaba sin posibilidad de avanzar tres kilómetros por hora e incluso había ráfagas de viento que me lanzaban contra el suelo sin poder remediarlo.
Por suerte a poco tiempo de empezar esa tormenta pude refugiarme y así comer algo en una pensión que tenían media abierta. Una sopita bien caliente y a continuar el viaje que sé que se hacía tarde y ahí no me podía quedar.
Finalmente y, con todas esas dificultades, llegué a Chaquilla, un pueblo de cuatro casas fantasmagóricas, ya que aporreaba las puertas y nadie daba señales de vida. Le daba fuerte a las puertas que veía algo de luz en la ventana pero nadie respondía. Por suerte, en una de ellas, una anciana me abrió la puerta. La señora sólo hablaba quechua y el marido salió en su ayuda. Me dijeron que me daban una habitación por 20 pesos y acepté sin rechistar ya que empezaba a congelar en la calle, así que me acomodó en una habitación con otros tres bolivianos que, al igual que a mí, les había cogido la tormenta de arena. Ellos, al día siguiente, debían salir a buscar burros para venderlos.
Me cociné algo, charlamos un rato y directo a la cama para descansar de este duro día de polvo y viento...