La buena Argentina
De buen amanecer agarré la bicicleta y recorrí, con el arroz como desayuno, carretera hasta que llegué a una zona de obras que se extendía 30 kilómetros hasta Pinto.
Una vez allí compré pan y embutido para la comida. Los trabajadores de la tienda se sorprendieron mirándome impresionados. Continué pidiendo agua por la calle hasta que, en una tienda de ropa, me dieron una garrafa para continuar con la ruta por una carretera nacional que representaba que estaba asfaltada; pero nada de eso, así que tocó resignarse, bajar de nuevo la velocidad y continuar la marcha con los baches, el viento en contra y mi mala cara.
A los 50 kilómetros me paré para preparar el bocadillo y seguí con la barriga, más o menos llena, hasta que Manuel, un señor muy amable, me encontró con su perro y su bici.
-¿Qué tal andas? Me preguntó él mirando fijamente mi bici y calmando los ladridos de su perro.
-Acá dando vueltas por el mundo- le contesté con una sonrisa.
Luego me acompañó un rato y me ofreció tomar unos mates en su casa con su familia y como veía que, con la lentitud que llevaba y la hora, sería muy justo para llegar a los 100 kilómetros, accedí.
Al cabo de un par de kilómetros llegamos a su casa. Adobe y plástico blanco recubrían las paredes de una morada humilde. Primero conocí a su hijo, Juan David, luego a su mujer y a su abuelo, que me dieron la bienvenida con una sonrisa y un abrazo.
Me quedé sorprendido por todo lo que veía ya que, aunque era una familia que parecían muy humildes, tenía de todo y eran totalmente autosuficientes. Agua en un aljibe recogida de la lluvia, energía solar conectada a una batería de coche que alimentaba los múltiples puntos de luz led y un montón de comida proveniente de sus cerdos, patos, campos de cultivo y de su negocio... un par de hornos, quemadores de leña, para fabricar carbón.
Aparte del mate, me prepararon fideos con carne de ternera y una tortilla, que consistía en una gran base de pan, tipo pizza a base de grasa, que estaba muy rico, hecho a la leña. Luego me enseñaron un poco toda su casa y tomamos otro mate. Con todo eso se hizo tarde y no sabía si continuar o agarrar el ofrecimiento de quedarme a dormir en su casa. Así que tiré una moneda al aire y, el azar, me dijo que me quedara junto con una sonrisa de la familia.
Una vez decidido que me quedaba, Manuel me llevó a cazar unas tórtolas junto a su perro y sus numerosos gatos. Seguido fuimos a buscar agua a un pozo. Me estuvo hablando de la casa y de los hornos hasta que anocheció.
A partir de ahí entramos en una habitación-cocina-comedor donde Manuel preparó las tórtolas cazadas con fideos que sobraron de la comida. Quedó todo muy rico y sabroso.
Después nos quedamos charlando mientras las brasas se consumían en el suelo de tierra y, sobre las diez, nos acostamos. Ellos en una habitación y yo en otra en la que el adobe me arropaba en su manto humilde; pero cálido.