Crónica del viaje · España

Puerto hasta Madrid

DÍA 1056
Después de varios días de viaje, el autor llega a Madrid, donde se reencuentra con amigos y familiares, disfrutando de momentos emotivos y celebrando su aventura en bicicleta.
115 kmDistancia
8 h 7 minPedaleando
14 km/hMedia
Sol y nubesEl tiempo

Puerto hasta Madrid

Después de varios días de viaje, el autor llega a Madrid, donde se reencuentra con amigos y familiares, disfrutando de momentos emotivos y celebrando su aventura en bicicleta.

Despertándome cansado por los tres últimos madrugones, me levanté de la cómoda cama en la que Isabel me había dejado pasar la noche y me duché, preparándome a conciencia del duro día que tenía por delante, con uno de los puertos más altos que pasaría desde Salamanca hasta Barcelona.

Seco, vestido para la ocasión de pedaleo y hambriento. Isabel, que me esperaba en la cocina, me preparó un desayuno de lo más rico, junto a unos bocadillos que su marido me había preparado para darme buena energía para superar el Puerto de Guadarrama.

Con ese reto empecé mi ruta, despidiéndome de Isabel y saliendo de Ávila con una pequeña subida. Después de eso, campos amarillos y llegada a Segovia para seguir con otros montes con algo más de pendiente y de ahí pasar por El Espinar y San Rafael para iniciar la subida hasta ese puerto, con sudor y unos cuantos coches pasando algo más cerca de mí que anteriormente, ya que el arcén era escaso y los coches eran muchos. Con la tensión de jugarme la vida y con esfuerzo, conseguí realizar ese acto tan sentido para mí, ya que era el último puerto importante de mi vuelta al mundo.

A 1511 metros de altura y como celebración de la pequeña gesta, me comí con mucho gusto el bocadillo que me preparó el marido de Isabel y, dándole las gracias por WhatsApp, me terminé con un cava en forma de agua caliente, el fabuloso y merecido menú, mientras lo compartía por todas las redes.

Con bajada a pocas horas de ver por fin a Alex y su familia, después de tanto tiempo, inicié ese descenso que me llevó hasta la misma ciudad de Guadarrama, donde, por sorpresa y gracias al Facebook, Guillermo, un amigo de La Redonda, me esperaba en la salida de la ciudad. Con poco tiempo para hacer muchas cosas, me invitó a su casa, donde sus padres me recibieron con todos los honores, insistiendo en comer cuando poco antes lo había hecho.

Ya con la prisa, me tuve que reinsertar a la carretera, despidiéndome de ellos y con la alegría que daban esas situaciones improvisadas, me recorrí sin pestañear los últimos 40 kilómetros que me separaban de la gran capital española que, rápido y con algo de inclinación, acabé engullendo.

La entrada no fue fácil; la cantidad de coches que había y las carreteras prohibidas, como autovías o la M30 para mi medio, me supusieron un poco de obstáculo y un retraso. Pero poco a poco llegué hasta una plaza en la que un policía me quiso bacilar. – No puede circular entre los coches por esta plaza con esa bici tan grande, me dijo. Mi contestación: - Vengo de dar la vuelta al mundo y me espera un amigo, con lo que me disculpas mi torpeza y me voy. Con la boca abierta y sin entender muy bien si le estaba vacilando, total, me contestó que continuase y me dejó en paz.

Por fin, y mucho tiempo después, estaba enfrente de la casa de la madre de Alex. Un minuto bastó, desde que le avisara que había llegado, y apareció abriendo la puerta del portal y con una gran sonrisa. Nos abrazamos, tal y como lo habíamos hecho antaño, y es que desde bien enanos corríamos con las bicicletas por nuestro pueblo, La Redonda. Habiéndole echado tanto de menos, esto se merecía un montón de cachondeo y bromas; pero debíamos esperar a dejar la bicicleta en el piso de su madre y, ya con la bici haciendo un tetris para meterlo en el ascensor, llegué a dar ese otro abrazo sentido a Marga, su madre, y una segunda madre para mí, ya que al igual que conocía a Alex y Gonzalo de hacía muchos años, ellos me habían cuidado mientras estábamos juntos.

Con mucha emoción contenida, ahora se desprendía; pero aún faltaba volver a ver a su mujer, Marichu, y conocer por fin a sus dos hijos. Pero para ello, mejor era tomar una ducha e ir bien aseado hasta el piso de Alex.

Con esa ducha y unos 5 minutos de coche, llegamos hasta allí y de nuevo pude contemplar a la familia completa, con Marcos, el grandullón, de unos 3 años, y Julieta, de unos 6 meses, y con una sonrisa tan mona y contagiosa que hipnotizaba a todos a los que mirara, y esos no eran otros que a Elena, sus dos bebés y a sus padres, Ángel y Mari Carmen.

Con todos en la terraza de Alex, estuvimos charlando, jugando, comiendo unos donuts, tomando unas Coca-Colas y sacando algunas fotografías hasta que mi cuerpo dijo basta, y es que ese día me había levantado pronto y además llevaba unos cuantos kilómetros de pura subida. Así que en el momento que Elena y su familia decidieron volver a sus casas, Marga y yo, acompañados por el padre de Marichu, nos llevó al piso donde había dejado a mi gordita.

Con una cena estupenda, una llamada de Gonzalo preocupándose por nosotros y una charla.