Marsella, puerto y costa sin igual
Marsella, qué buen olor desprende el mítico jabón, el cual recubre esquinas de esta mítica ciudad francesa.
Hoy he aprendido que Marsella es una ciudad con uno de los puertos más grandes del mundo y que hay gente como Bernard, que nos ha ofrecido un lugar para dormir y sin conocerle de nada. Asombroso y digno de admirar.
Después de esta agradable sorpresa y habiendo quedado con Bernard a las 8 de la tarde, lo que hemos hecho ha sido, además de visitar catedrales y numerosos monumentos, ha sido recorrer de un extremo al otro la costa, disfrutando de unos paisajes tremendísimos como podréis ver en las fotos. Y es que de lado a lado hay unos 15 kilómetros y recorriéndolos se pasa por una gran diversidad de paisajes.
También he podido cumplir mi sueño de cantar la marsellesa con una marsellesa :) Ha sido todo un reto por el idioma y por lo raro que debe resultar que un tío que no conoces de nada te pregunte si quieres cantar con él delante de una cámara, y además te mencione la idea de dar la vuelta al mundo en bicicleta... vamos que la chica habrá pensado si estaría loco.
El día no ha dado para más, ya que hemos recorrido las céntricas calles buscando un locutorio para instalar un GPS, que ha tenido que ser en una calle marginal donde hemos tenido que hacer turnos de vigilancia en la puerta para que no nos robaran nada de las bicis. En el rato que he estado en la puerta he visto de todo, vendedores ambulantes huyendo de la policía, gente gritando, borrachos que no se tenían en pie y hasta un señor que me pedía droga (y no le entendía ni papa).
Cuando se acercaba la noche hemos acudido a nuestra cita con Bernard y nos ha metido en una callejuela al final de la cual se encontraban unas grandes y antiguas puertas de madera, dentro de las cuales había una puertecita que daba al interior de un taller con muchos trastos viejos por todo el suelo.
Ahí hemos pasado la noche, encima de una cama pensada para camping y con la sensación de que las cosas no podrían ir mejor.