Acampada fluvial final
Dormir cómodo y sin ningún mal de espalda, ningún ser vivo alrededor de mi tienda en toda la noche, fresco para acampar y descansar 8 horas... a eso se le llama una acampada perfecta.
Con ese buen cuerpo que da este tipo de noches en las que no pagas nada, estás en contacto con la naturaleza y has tenido una acampada perfecta. Me levanté recogiendo todo lo que había que recoger, desayunando unos cereales, poniéndome crema solar y ya me puse al lío diario.
Sin tiempo para descansar; pero haciendo menos kilómetros que otros días, recorrí todo el trayecto hasta Coimbra, subiendo más de lo normal, con esta topografía con tanto monte y montaña portuguesa y con el calor que volvía a apretar después de la mañana fresca.
Pasando esos kilómetros con algunos peregrinos que iban a contra y algunos sin los modales suficientes como para decirte buenos días, ya me planté a medio día en esa ciudad preciosa; pero tocada por más montañas que la hacían especialmente difícil para transitar con la bici sin bajarse de ella.
No pasé por un Lidl para comprar algo de comida, para hoy y los próximos días, y me conecté a Internet para ver si había alguna opción de dormir en cama con las aplicaciones de warmshowers o couchsurfing; pero ninguna me sirvió demasiado y ya volví a la bicicleta, con las rodillas frías, para subir esas pendientes de las que os hablaba y… aupalaaaa.
Con brío; pero lentamente y con algunas indicaciones de los residentes, encaré las montañas, saliendo de la ciudad por un camino aventurero lleno de obstáculos e incluso algún tronco que debía apartar para proseguir mi descenso. De ahí entré a la carretera N17, la cual me llevaba entre montañas por un río precioso y lleno de gente refrescándose.
Como veía que ese era un lugar paradisíaco y un sueño hecho realidad para acampar, a la que vi una rampa de bajada me direccioné hacia ese río.
Me di un baño en una zona sin nadie y me pareció un lugar seguro para dormir, con lo que, después de la refrescante zambullida, ya dejé montado todo el material como para tener una deliciosa noche con el agua del río fluyendo en mis oídos.
Lo único malo es que cuando ya estaba a punto de encender una hoguera, un fotógrafo, con sus tortolitos recién casados, se fue a hacer un foto reportaje justo al lado de donde había acampado.
Con el atardecer y el anochecer encima, me esperé a que se fueran para encender un fuego que estaba prohibido y para no llamar su atención dejé que terminaran su trabajo escribiendo estas líneas breves; pero concisas de lo que sucedió en un día como hoy, soleado pero con alguna neblina final, provocada por los incendios forestales que sacudían Portugal.