Carretera Militar
Si ayer se podía hablar de los caminos de Dios, hoy toca hablar sobre los caminos de la guerra o, mejor dicho, de las carreteras militares.
¿Cuántos millones de dólares invertirá USA con la guerra y los militares? Hoy no he podido averiguar cuánto suma eso; pero he podido comprobar cómo los militares usan carreteras exclusivas para sus usos, dejando a los ciclistas y otros civiles sin poder disfrutar de esos caminos. Y lo peor es tener que regresar a la carretera 7 kilómetros y agarrar otra, sumando 30 kilómetros de más al cuenta kilómetros, y es por eso que al final he sido obligado a realizar casi 100 millas en total.
Como siempre, empiezo por el principio para resumir mi día y en este resumen no podía faltar el buen desayuno que me preparó Nacuniel Fullcood con sus propias manos. Huevo con una especie de cereales, que no me acuerdo cómo llamaba, pero que tenía pinta de ser ultra energéticos. Tanto que me llevaron, con una despedida en forma de plegaria, a recorrer, sin casi darme cuenta, 50 kilómetros hasta un supermercado cerca de la ciudad de Wilmington. Una ciudad que, de cara al turismo, me pareció normalita, sin excesos, con algún que otro parque bonito y alguna iglesia especial en el centro de la ciudad.
Después de la comida en el supermercado, en forma de sándwiches. Una comida rápida y efectiva para continuar el viaje con energía. Pasé esa ciudad hasta el cruce con la carretera 172, de la que llegué lejos. Justo pasado un puente vino un control militar que me decía el vigilante que por ahí no podía pasar y debía seguir de nuevo atrás, perdiendo 14 kilómetros y desviándome por la 17 hasta Jacksonville, para de nuevo seguir por la parte de atrás y todo eso, perdiendo, tal y como dije al principio, un total de unos 30 kilómetros o más.
Un desastre para mí, ya que quería hacer más kilómetros sin parar. La peor parte vino después de recorrer esa distancia y, cuando ya me veía exhausto para continuar, el espacio militar me obligaba a seguir pedaleando porque dejaba muy claro que no podía acampar por ninguno de esos lugares, con lo que continué haciendo kilómetros hasta que por fin pasé ese espacio enorme militar de más de 35 kilómetros de perímetro, hasta una urbanización.
Una vez ahí, me puse a buscar a alguien o algún sitio donde acampar y una chica, llamada Tyla, sentada en su porche, y después de hablar con ella, me ayudó dejándome su jardín para tal propósito.
También, al rato, cuando ya lo tenía todo montado, me sacó, en forma de hospitalidad, unas palomitas y una cerveza para que me fuera a dormir contento y con algo más de fresco en comparación al sur de donde venía. Como canción de cuna, acabé durmiendo con sonidos a la lejanía de explosivos, gentileza de los marines.