Masaya aprovechado
Otro volcán más. Sí, señor. Y la verdad que no me canso. Hará aproximadamente un año estaba en el volcán de Bromo en Indonesia y hoy de nuevo subía al cráter de un volcán. Este se llama Masaya y, como es normal en estas latitudes, está activo. Para ello, a primera hora de la mañana cogí un bus para acercarme, primero a la ciudad de Masaya, donde decían que había un mercado bello y diferente a los demás, con lo que quería verlo con mis propios ojos.
En el trayecto me hice amigo de un chico de allí que me recomendó algunos lugares de Masaya y me orientó para llegar hasta ellos. Salí del bus con ganas de andar y anduve un buen rato fotografiando esa ciudad, también linda y especial, con color por todos lados.
El mercado de Masaya es realmente espléndido y su historia es como un cuento. En septiembre de 1880, el alcalde de Masaya, Rafael Zurita, organizó la construcción de ese castillo en un estilo medieval y concluido en 1891, con el nombre de Mercado Municipal.
Este edificio albergó todo el comercio de Masaya y ofreció a la ciudadanía un local céntrico de compra-venta de acuerdo a la población comercial de esa época.
Después de muchas décadas de ayudar a los comerciantes, este Mercado Municipal sufrió el primer incendio accidental en el año de 1966.
Esa desgracia para los masayas se repitió en 1978, comenzando la insurrección sandinista, en contra de la tiranía somocista.
Este Centro Histórico ha sido un símbolo muy fuerte. Por eso, a sus cenizas se les dio vida con el gobierno de doña Violeta Barrios, en 1991; pero su inauguración fue el 26 de mayo de 1997 con el nombre de Centro Cultural Antiguo Mercado de Masaya. Esta joya masayesa tiene como objetivo: apoyar a los artesanos productores en la promoción de sus ventas nacionales e internacionales.
De la ciudad de Masaya cogí otro bus hasta la entrada del parque donde se encontraba el volcán. De la entrada del parque nacional hasta el propio volcán creo que son 4 km de subida. A eso le agregamos el candente sol del día, que no bajaba de los 37 °C, también le sumamos que todo era siempre de subida. A pesar de la amabilidad de un conductor que me subió 500 metros y los propios trabajadores de este parque nacional, decidí caminar todo hasta el volcán, que afortunadamente está pavimentado.
El primer punto para conocer fue el centro de visitantes, donde se observaban muestras de lavas, animales disecados y hasta un pequeño túnel creado de puras rocas volcánicas. Miren las fotos.
A lo largo de la caminata, observé el precioso paisaje, algunas aves, muchos árboles y, por supuesto, piedras negras.
Y por fin llegué al cráter de este volcán, que tiene medio kilómetro de diámetro y 635 m de altitud y más de 200 m de profundidad. Alejándome un poco del cráter principal, caminé mucho más para dirigirme, por otros senderos, a otro cráter, que no está activo actualmente, pero que tal vez más adelante podría estarlo. Rodeé el cráter y vi desde lo alto el lago donde se sitúa la ciudad de Masaya. Realmente una estampa preciosa que quedará para el recuerdo.
Después volví a bajar por el mismo lugar por donde subí; pero esta vez tardé poco tiempo andando ya que una pick up, conducida por canadienses, me ofrecieron un lugar donde poder descansar mientras bajábamos. Sorprendentemente en la pickup viajaban un par de chicas del hostel y, poco después, otro checoslovaco tuvo la oportunidad de bajar con nosotros.
La pickup se dirigía primero a Maya donde los canadienses querían comprar unas hamacas y luego hasta el lago de Apoyo, al mirador y a darnos un baño.
Tal y como lo habíamos establecido, las chicas del hostal se bajaban de la pickup para volver a Granada, quedando el checoslovaco y yo como viajeros. Pasado Masaya, y con una hamaca para los canadienses, seguimos hacia el mirador de Catarina desde donde las vistas espléndidas alegraban a cualquiera. Un lago azul celeste, limpio y claro en medio de un volcán y además con pocas o contadas casas a sus alrededores.
Pasado eso, los canadienses nos llevaron a comer unas pupusas, una comida típica salvadoreña a base de arepas rellenas de carne, apas, con cualquier cosa, que estaban muy ricas.
¿Y cómo acabamos ese día con tanta belleza? Con un baño a ese lago. La laguna de Apoyo se encuentra en el fondo de la caldera de un volcán extinguido que hizo erupción hace 23 mil años. Con el paso del tiempo se llenó de las aguas que bajan de sus laderas de más de 620 metros de altura y pobló sus bordes de un frondoso bosque que alberga una variada fauna y flora tropical, convirtiendo este lugar en un auténtico paraíso terrenal. Y así, entre sus aguas, puse punto final a una excursión que terminó en Granada, junto a los canadienses y de ahí a tomarme la última cerveza con Dani.