Mientras desfallecía
Hay días en los que tu cuerpo no responde, las subidas se vuelven como paredes y tu corazón junto a la respiración nunca se entienden. Hoy ha sido uno de esos días. Hacía mucho tiempo que no ocurría, aunque las circunstancias decían que podía ser normal. Casi un mes desde la última vez que agarraba la bicicleta, subidas andinas que nunca parecen finalizar y sol caluroso en todo lo alto.
Montañas que nunca antes había surcado han podido conmigo y eso que no llegaban a la dificultad de Bolivia con 5000 metros de altura y poco oxígeno, pero aun así la montaña me derrumbó y poco a poco, en medio de una subida de 20 kilómetros, me fue castigando hasta que el destino me trajo un as. El Negro, se hacía llamar, un hombre con un 4x4 que me vio sufriendo después de esos miles de kilómetros. Hugo me ayudó a terminar de subir el cerro y de paso me invitó a pasar la noche a su terreno en Otavalo, la hacienda de rosas Pamba.
Un paisaje increíble entre volcanes y lagos que me dejó helado. Muchas hectáreas con caballos y vacas. En su granja él ordeñaba y la leche la vendía entre sus empresas compradoras. Seis perros cariñosos que protegían de extraños el lugar y donde mi bicicleta, apoyada entre flores y arbustos, encontró un lugar perfecto donde descansar de tan cansada jornada.
Por la noche, y junto a uno de sus compañeros de fatigas y trabajador llamado Alejo, nos fuimos al pueblo a dar una vuelta y a llenar nuestros estómagos de deliciosa comida.