El reino de Pelé
Cómo siempre en mi caso descanso mal en los autobuses, ya que se me tuerce el cuello y me duele un montón cada vez que lo intento mover. Aparte, los controles policiales tampoco ayudan demasiado, ya que entran y me despiertan para preguntarme de dónde era y qué hacía, y así con quién les petaba. Aparte, también solían abrir las bolsas en busca de drogas (supongo).
Así hasta la llegada a Sao Paulo, donde el autobús se vació y nos cambiaron a otro para acabar en la casa de Pelé. El Rey de Brasil, el único y, considerado sin ninguna discusión entre ellos, el mejor de los mejores. Tenían hasta un museo al cual no pude entrar por culpa de la bicicleta. Enfrente del museo había una casa de turismo en la que pregunté para seguir mi camino y de allí salió una conversación entrañable: llamando primero a un chico que sabía español, luego a un capataz que quería conocerme y, finalmente, a un reportero que quería saber mi historia y entrevistarme. Todo muy comprimido, pero muy bien.
Seguí visitando la casa del rey del fútbol brasileño y continué pasando hasta la ciudad del lado en barco y de allí, junto a otro chico, llegamos a la primera playa brasileña que veía en mi vida. Era tan espectacular y verde como me la imaginaba, con su famosa maleza atlántica.
De allí comencé a recorrer kilómetros para avanzar hasta la ciudad de Bertioga. Aquí conocí a unos chicos que trabajaban en un puesto de comida de 24 horas que, al preguntar por un sitio donde acampar, me ofrecieron su explanada junto a ellos y Junior para que me sintiera seguro. Mientras me sentaba a hablar con ellos, me comentaron que en esta ciudad no pasaba nunca nada y podía dormir absolutamente tranquilo.
Tranquilo dormí con alguna leve molestia de los coches que pasaban al lado de la tienda sin parar.