Snorkel en el paraíso
Con el cuerpo un pelín magullado de dormir en el suelo, pero más descansado que el anterior día, me desperté entre la gente que empezaba con el desayuno.
Tal y como hacían los demás, desayuné las tostadas con mermelada que daban gratis en el hostel y salí a rodar sin saber qué iba a hacer; pero con muchas ganas de ver la isla.
En mi camino, rodeando la isla con la bici, pasé por una escuela de submarinismo, que sabía que era de españoles. Pura Vida se llamaba y su profesionalidad y reputación llegaban lejos en la isla e incluso en España. Como en el día anterior me quedé con el mal cuerpo de mi error con la cámara y no pude disfrutar del snorkel plenamente, les comenté la posibilidad de hacer algo por buen precio. En vez de eso, Oscar, uno de los fundadores de la tienda, me ofreció llevarme en su barco, con los demás buceadores que estaban aprendiendo, hasta una de las islas paradisíacas de alrededor de Koh Tao y darme gafas sin ningún cargo. Fue algo que me sorprendió y me encantó, con lo que accedí de inmediato para quitarme la espinita del snorkel.
Para rematar la actividad se unió Alberto, un amigo que conocí en el hostal la noche anterior y el cual había terminado de hacer su última clase de submarinismo con ellos. Todo era perfecto ya que Alberto llevaba consigo la GoPro, con lo que podría grabar el fondo marino para compartirlo con vosotros.
Tal y como me ofreció Oscar, fuimos hasta las islas. La zona se llamaba el jardín japonés, por las maravillas que había en el fondo del agua y allí nos dejó el barco durante más de dos horas.
Fue algo especial y precioso lo que se vive entre esas aguas templadas del trópico. Los peces que hay te persiguen y nadan contigo, acostumbrados a la presencia inofensiva del ser humano.
Es hipnótico ver cómo viven, juegan y nadan. El coral y las formas que hay en el fondo de ese mar eran algo que en mi vida había podido ver y que regalaba a mi vista y memoria para el resto de mis días.
A mitad del snorkel empezó a llover, con lo que la magia del momento cobró más fuerza y las sensaciones de bucear por ese mar, junto a los peces, fueron más intensas.
Con esta gran experiencia volvimos a la escuela de submarinismo de Pura Vida para dejar el material y, por otro lado, Alberto debía hacer el examen para conseguir el carnet de buceo.
El día terminó entre risas en la cena con mis nuevos amigos y con la lluvia del trópico que volvía a hacer acto de presencia con mucha fuerza. Por suerte, esta vez, pude dormir en una cama hasta una hora, más o menos, razonable.